5 - La depresión
A partir de 1994, las muertes por suicidio de jóvenes en Estados Unidos comenzaron a caer en picada. El fenómeno parecía indicar un progreso en la salud mental de la población. Poco más de una década después, los índices volverían a subir con la misma velocidad hasta alcanzar niveles sin precedentes. Desde el momento en que internet empezaba a difundirse a la población general hasta la actualidad, el gráfico de suicidios sigue una forma de “U” muy clara. ¿Por qué?
El gráfico anterior se detiene en 2017, pero entre la incidencia de la depresión en jóvenes de los Estados Unidos aumentó 14 puntos porcentuales entre 2017 y 20231. Para 2023, se estimaba que el 19% de la población mundial había sufrido niveles de ansiedad o depresión que les impidieron llevar a cabo sus actividades regulares durante al menos dos semanas en algún momento de su vida2. Al momento de escribir esto, los niveles de depresión y ansiedad no tienen precedentes, especialmente en las personas más jóvenes. Algo cambió en el entorno y nos está destruyendo.
La epidemia brutal de ansiedad y depresión que vive mi generación fue lo que más me llamó a escribir este libro. Es la historia de un encuentro trágico entre emociones diseñadas para la cercanía y redes que desintegran el tejido social que tanto necesitamos. Para entender la depresión, debemos remontarnos a sus orígenes evolutivos, siguiendo la pista de su manifestación en otros primates.
En defensa personal
Tras décadas de campañas para estudiar babuinos en África Oriental, el neuroendocrinólogo Robert Sapolsky notó que los individuos que ocupaban las posiciones más bajas mostraban síntomas similares a los cuadros leves de depresión humana: cabeza baja, postura encogida, menor apetito y energía3. Encogerse es una señal de derrota en casi todo el reino animal. Al respecto de eso, el psicólogo Paul Gilbert propuso que la depresión humana transmite el mismo mensaje: “no supongo una amenaza, por favor, déjenme en paz”4.
La similitud excede a los factores meramente conductuales. Los efectos hormonales y neurológicos de los primates subordinados son prácticamente idénticos a los de la depresión humana5, con los mismos daños al hipocampo y cambios en las glándulas suprarrenales y pituitaria6. Que compartamos la depresión con otros primates muestra que ella nos acompaña desde mucho antes que el lenguaje o el uso de herramientas complejas en nuestra historia evolutiva.
Lo interesante es que la depresión primate no es sólo dolorosa y paralizante; también cumple un papel adaptativo. Como las jerarquías inestables provocan la violencia de los de arriba, los más sometidos se veían obligados a mostrarse sumisos para evitar los golpes. La sumisión avisa que la jerarquía es estable y que los de arriba no tienen por qué estresarse. Por eso, perder el deseo de crecer en la comunidad, perder la energía y querer recluirnos era una forma de defensa personal. Bajar la cabeza, congelarse y apagar el entusiasmo era una opción horrible, pero era la mejor de las opciones en un entorno que nos ponía entre la espada y la pared. Vale la pena mencionar que el porcentaje de primates silvestres deprimidos es mucho menor al de los seres humanos, y los cuadros depresivos que se han observado en primates silvestres son menos tortuosos que las depresiones que sufrimos los humanos. En los zoológicos, la depresión de los primates llega a niveles mucho mayores7.
Curiosamente, la depresión causa un letargo similar al de los animales en estado de hibernación. Los animales hibernan para ahorrar energía en tiempos de vacas flacas, y la subordinación dificulta el acceso a la comida cuando la comunidad es la fuente principal de alimentos. Posiblemente, más allá de ser un mero efecto colateral, el letargo depresivo haya cumplido una función análoga al letargo de la hibernación.
La depresión primate sigue el patrón del etostato y ayuda a comprender cómo la epidemia actual de depresión emerge de las distorsiones de la red humana. Afortunadamente, existe un libro estupendo que documenta las condiciones sociales y del entorno que más inciden en la depresión humana actual, titulado Lost Connections. Lo publicó el periodista Johann Hari en 2018, después de años de haber sufrido el dolor de la depresión y la ineficacia de los diagnósticos y soluciones basados en el cerebro.
Sentirse subordinado
La subordinación social nos afecta de manera directa. Por ejemplo, perder una subasta inhibe la liberación de dopamina en el cerebro, mientras que perder la lotería no tiene el mismo efecto. La diferencia es reveladora: perder la lotería es mala suerte, mientras que perder una subasta implica perder contra otra persona8.
Como era de esperarse, los factores sociales que más impactan en nuestra depresión son situaciones que nos hacen sentir que tenemos bajo estatus o un lugar demasiado periférico o insignificante en nuestra comunidad visible. En su libro “Lost Connections”, Johann Hari enumeró las causas principales de la depresión humana en orden de importancia. Las tres primeras son:
- La falta de control sobre nuestro trabajo.
- La falta de conexión con los demás.
- La falta de “motivación intrínseca”.
Veremos que los tres factores más importantes que caracterizó Johann Hari están directamente ligados a la subordinación y la periferia9.
Sobre el trabajo, el científico Michel Marmot descubrió estudiando funcionarios británicos que aquellos que tenían menor control sobre su propio trabajo tenían más probabilidades de sufrir depresión. Cuanto mayor es nuestra sensación de subordinación a designios ajenos en el trabajo, más nos deprimimos, incluso cuando la violencia física no media la jerarquía laboral. La relación es independiente del salario: a nivel intuitivo, pesa lo que sucede a nuestro alrededor. No importa el puesto que tengamos en la gran sociedad, ser cola león se siente igual que ser cola de ratón. Al igual que con los exámenes que nos estresan, nuestro sistema nervioso nos juega una mala pasada: los miembros de rangos menores del registro civil tendían a desplomarse frente al televisor al llegar a su casa y hacer menos actividades con sus amigos10.
Sobre la conexión comunitaria, los estudios demuestran que el aumento de la soledad se correlaciona con las probabilidades de desarrollar síntomas depresivos. El nexo es causal: en la mayoría de los casos estudiados por el neurocientífico John Cacioppo durante 5 años, la soledad se presentaba antes de que los síntomas depresivos aparecieran11. Estar en un lugar periférico, que nos ignoren, o simplemente sentir la falta de pertenencia a la comunidad es de los factores que más inciden en la depresión moderna.
Respecto de la motivación, estudios del psicólogo Tim Kasser mostraron que las personas que reportan ser más motivadas por objetivos extrínsecos como la riqueza y el estatus tienen más probabilidades de experimentar depresión y ansiedad respecto de quienes dicen valorar a las actividades por sí mismas y no por los beneficios que estas les proveen. En el capítulo 4, hemos mencionado la estrecha relación entre la motivación y la comunidad cercana. Cuando los cercanos valoran lo que hacemos, esto nos motiva automáticamente. Como el proceso es intuitivo e inconsciente, nuestra conciencia percibe el resultado como motivación intrínseca. A medida que perdemos la valoración de los cercanos, la motivación intrínseca se pierde. En el capítulo 9, cuando analicemos las distorsiones de la motivación, veremos de qué manera las distorsiones de nuestras redes fortalecen los deseos materialistas como la obtención de dinero o posiciones jerárquicas en la sociedad, lo que explica la tendencia a la motivación materialista a medida que perdemos las comunidades que nos hacen bien.
Los estudios sobre la depresión y la falta de control en el trabajo también están asociados a la motivación, especialmente a la disociación entre los esfuerzos y las recompensas. Trabajar demasiado sin ser reconocido es frustrante, y siendo ignorado es deprimente. Marmot observó que estos ambientes de trabajo llevan a la despersonalización, un síntoma de la depresión que lleva a sentir que lo que hacemos no es auténtico o real12.
En una comunidad pequeña, si nos ignoraban, controlaban demasiado o nos desmotivaban por falta de apreciación, la respuesta adaptativa era deprimirnos. Lamentablemente, nuestro etostato percibe un rango vincular limitado dado por el número de Dunbar. Por eso, ahora que la sociedad cambió, cuando el etostato percibe los mismos indicios en los vínculos que frecuentamos, como en el trabajo o las personas que nos rodean, la probabilidad de deprimirnos se dispara.
La ansiedad
La ansiedad es un cuadro hermano de la depresión. A nivel evolutivo, una vez que empieza la volatilidad social, mostrarse cabizbajo o renunciar a escalar ya no son suficientes para eludir la violencia de los jerarcas estresados. Una vez que la violencia se vuelve una realidad, hace falta protegerse. Por eso, la ansiedad induce un estado de alerta e hipersensibilidad ante el peligro.
El estado de alerta de la ansiedad está asociado a lo que hemos denominado “estrés fisiológico”, que incluye la liberación de glucocorticoides y adrenalina, aumento del ritmo cardíaco y respiratorio. En el capítulo 5, habíamos mencionado que el estrés fisiológico es una respuesta del sistema nervioso autónomo asociado a diversas emociones, entre las cuales se encuentran el enfado, el miedo, y el estrés emocional, la emoción que sentimos con los exámenes y los problemas laborales.
La ansiedad y la depresión responden a la misma posición comunitaria. Padecemos una u otra según si la jerarquía social se percibe como estable o inestable. En la actualidad, ambas psicopatologías tienen alta comorbilidad. Algo similar puede observarse en los primates. Robert Sapolsky estudió los niveles de glucocorticoides en babuinos (el primer estudio de su tipo en primates silvestres) y observó que en general los primates de poca jerarquía tendían a tener niveles más elevados de la llamada “hormona del estrés”13. Aún así, en los momentos específicos de disputa de poder, los que más sufren el estrés fisiológico son los babuinos de mayor jerarquía14, asociable al estrés emocional que analizamos en el capítulo 5.
A nivel fisiológico, la emoción que llamamos “estrés emocional” es similar a la ansiedad, porque ambas inducen lo que hemos llamado “estrés fisiológico”. La principal diferencia entre ambas emociones es el trato que impulsa para con otras personas. Mientras que el estrés vuelve a las personas más irascibles y agresivas, la ansiedad lleva a buscar consuelo en otras personas. Algo similar sucede con la depresión. Aunque la anhedonia y la falta de energía asociadas a la depresión pueden percibirse como maneras de aislarse socialmente en los seres humanos, los monos deprimidos pasan el doble de tiempo en contacto físico con otros monos que los monos no deprimidos. De hecho, la mayoría de las conductas asociadas a la depresión en monos ocurren cuando estos tienen contacto físico con otros monos15. Evolutivamente, el estrés nos lleva a cuidar nuestra posición mientras que la ansiedad nos lleva a buscar refugio.
La ansiedad también aumenta con la sensación de soledad. Por ejemplo, un estudio mostró que la soledad aguda causa tanto estrés fisiológico como ser golpeado16. La ansiedad inducida por la soledad, más que al estrés de los jerarcas de la tribu, podría responder a la falta de protección de amenazas externas por parte de otros miembros de la comunidad. Por ejemplo, las personas que reportan sentirse solas tienden a sufrir más “microdespertares” durante la noche, pequeñas interrupciones del sueño que no se recuerdan al despertar. Una hipótesis al respecto es que nos sentimos menos seguros al dormir en soledad, porque carecemos de la protección de la tribu. En cambio, las comunidades más cohesionadas, como la de los huteritas, un grupo religioso de grupos pequeños y muy unidos, los niveles reportados de soledad son prácticamente nulos. Al medir los microdespertares de los huteritas, se encontraron con niveles notablemente bajos17.
La rumiación analítica
Hay una hipótesis alternativa, pero complementaria, de la depresión, que es la hipótesis de Andrews y Thomson de la rumiación analítica. Desde esta óptica, el elemento adaptativo de la depresión es que nos lleva a rumiar los pensamientos, es decir a reflexionar una y otra vez sobre nuestros errores y los problemas que tenemos, lo que eventualmente nos ayudaría a encontrar salidas a problemas complejos. Para esta hipótesis, la anhedonia y la falta de energía cumplirían el rol específico de disponer toda nuestra energía para la rumiación analítica.
Hay una manera alternativa de pensarlo. Hasta ahora, hemos observado que regimos casi toda nuestra conducta mediante intuiciones, especialmente porque la razón puede cometer errores y porque el pensamiento racional es costoso y escaso. Cuando tenemos hambre o sueño, lo primero que empieza a funcionar mal es nuestro pensamiento racional. Entonces, navegamos casi toda nuestra vida social mediante la intuición, regida por patrones precisos y constantes que generalmente tienen un desempeño confiable.
De esto surge una metáfora ilustrativa. Imaginemos que nos encontramos a ciegas en medio de un laberinto. Podríamos abrir los ojos y reflexionar sobre lo que sucede a nuestro alrededor, pero la vista consume grandes cantidades de energía, se cansa rápido y sólo podemos abrir los ojos durante cantidades limitadas de tiempo. En ese laberinto, lo que tenderíamos a hacer es mantener los ojos cerrados durante la mayoría del tiempo, especialmente mientras podamos navegarlo adecuadamente. Sólo cuando empecemos a chocar demasiado con las paredes o percibamos que nos encontramos en situaciones sin salida tendremos que abrir los ojos para salir de ahí.
En la metáfora, abrir los ojos representa usar el pensamiento racional. La depresión percibe que nuestra intuición está chocando con situaciones desfavorables, y además de promover las conductas adaptativas que hemos mencionado en las secciones anteriores intuitivamente, despierta nuestro pensamiento racional para resolver los problemas que encuentra nuestra intuición.
Volveremos a usar la metáfora del laberinto y profundizar sobre el uso y peso de nuestros razonamientos en capítulos posteriores, especialmente el de la voluntad. Sin embargo, adelanta una respuesta a algunas observaciones del sentido común que, desde esta óptica, confundirían la causa con la consecuencia de nuestro malestar. En la metáfora del laberinto, los que terminan peor son los que más tenderán a pensar racionalmente en el estatus y la aceptación social. Una parte del sentido común dirá que pensar demasiado en el estatus o la aceptación social nos deprimirá, o por lo menos impedirá la felicidad. Sería como decir que como las personas del laberinto que se chocan más con las paredes también abren más los ojos, abrir los ojos te hace chocar más con las paredes. Lo cierto es que la cosa funciona al revés: estar abajo nos lleva a pensar más en eso, pero no necesariamente pensar más en eso nos hace sentirnos más abajo. Por ejemplo, desde que estoy escribiendo este libro pienso más el reconocimiento y la aceptación social que en cualquier otro momento de mi vida (porque trata sobre eso), y sin embargo me encuentro en una etapa feliz porque me llevo bien con los míos
Hay más para decir sobre la relación entre razón e intuición. Seguiremos profundizando estas mismas ideas al hablar de la felicidad y las crisis de motivación, pero especialmente lo haremos al hablar sobre la voluntad en el capítulo 11. Ahora veamos las distorsiones.
Distorsión de la depresión
La depresión promovía conductas adaptativas cuando nos encontrábamos en posiciones demasiado periféricas o subalternas en comunidades pequeñas. En la actualidad, la hipertrofia de las jerarquías económicas y la hiperconectividad de nuestras comunicaciones facilitada por las tecnologías digitales han distorsionado la depresión y la ansiedad al punto de transformarlas en epidemias.
Los efectos de la desigualdad económica sobre nuestra salud mental pueden observarse desde hace décadas. Cuando la desigualdad económica es demasiado grande y piramidal, las personas que quedan abajo tienden a deprimirse más. Sin embargo, la incidencia de la desigualdad económica sobre la depresión estaba limitada por nuestro rango vincular: una familia de clase media que sólo interactuara con personas de clase media en su mismo barrio no se compararía intuitivamente con los más ricos, y por lo tanto no dispararía su depresión o ansiedad.
El problema se agravó con internet y las redes sociales. Cuando nuestras redes tienden a mostrarnos a las personas más exitosas, ricas, bellas y carismáticas, nuestro rango vincular se satura de gente arriba nuestro y la mayoría de las personas pasamos a sentir que somos el último orejón del tarro. Los niveles actuales de ansiedad y depresión son los más altos de los que tenemos registro.
Desigualdad económica
La hipertrofia de las jerarquías económicas disparó la desigualdad. La desigualdad económica crece hace décadas, y cada vez menos jerarcas concentran una porción mayor de la riqueza producida por la humanidad. Los efectos de la desigualdad económica sobre la depresión son directos.
En general, cuanto más pobre es una persona, más probabilidades tiene de aumentar su ansiedad y depresión18, pero hay una observación más interesante aún: los índices de depresión en las personas pobres aumentan con la desigualdad19. Lo interesante de esta observación es que una vez cubiertas ciertas necesidades básicas, la depresión y la ansiedad no dependen tanto de nuestra riqueza absoluta (es decir, cuántas cosas podemos comprar) sino de nuestra riqueza relativa (nuestro poder adquisitivo en relación a las personas que vemos cotidianamente). Como evolucionamos con un rango vincular limitado, nuestro etostato percibe el lugar que tenemos en nuestra “tribu” comparándonos con las personas que vemos a nuestro alrededor. En los países y regiones más desiguales, tendemos a compararnos más con personas que están más arriba nuestro20.
Que percibamos nuestro ranking social de manera relativa explica algunas imágenes del sentido común muy difundidas hasta el siglo XX. Por ejemplo, el habitante de un barrio obrero de los años 50 forma parte de una comunidad cohesionada, y percibe cierta paridad respecto de los vecinos que se encuentran dentro de su rango vincular. En cambio, un oficinista perteneciente a una gran empresa con mejor salario pero menor control sobre su trabajo podrá encontrarse en una mejor posición en la gran jerarquía socioeconómica, pero será el último orejón del tarro dentro de su comunidad visible21. En consecuencia, la “neblina de Dunbar” facilitaba cierta localidad dentro de la percepción de nuestro rango social, dando lugar a las imágenes románticas de la pobreza feliz o la amargura en la riqueza. Estos fenómenos se debilitaron cuando las tecnologías permitieron conectarnos con personas que se encuentran físicamente lejos, tema que analizaremos en la sección siguiente.
Un fenómeno relacionado que presentaremos en el capítulo 10 es el desgarro social, la ruptura de las formas de colaboración basadas en la reciprocidad y el reconocimiento a medida que avanzan las jerarquías. La caída de estos códigos y redes de cooperación y solidaridad sostenidas en la confianza mutua y relativamente horizontales subsume a las comunidades en redes jerárquicas. El avance de la desigualdad y las jerarquías socavan otras formas de colaboración, expresiones artísticas, préstamos mutuos sin intereses y redes de contención en regiones pobres, lo cual empeora aún más las condiciones de vida y el capital social en los sectores más vulnerables de la sociedad, con un impacto esperable sobre nuestras emociones22.
Como resultado, la depresión alcanza grados altísimos en los barrios marginales cercanos a grandes metrópolis. Los efectos naturales de la depresión retroalimentan la pobreza, porque la falta de energía y deseo de escalar inducidas por la depresión entorpecen la capacidad de trabajar para mejorar la situación social. Para peor, en algunos países crece un sentido común que asocia los grados extremos de pobreza a la pereza, porque es fácil confundir a la pereza con los claros síntomas de la depresión.
El bajo estatus socioeconómico y la desigualdad no sólo afectan a la ansiedad y la depresión sino que deterioran nuestra salud integralmente. La relación es un gradiente, no sólo se trata de que los pobres tienen peor salud, sino de que cuanto peor es el estatus socioeconómico, peor es la salud, y lo mismo sucede cuando aumenta la desigualdad. Sólo un tercio de esta variabilidad se explica por factores de riesgo asociados a la pobreza (como habitar territorios de mayor contaminación o la cobertura médica). Diversos estudios al respecto muestran que la desigualdad y el bajo estatus tienen un efecto real sobre nuestra salud integral23. Se ha asociado el deterioro de la confianza mutua y redes de solidaridad basadas en la reciprocidad y el reconocimiento en regiones desiguales con la peoría de la salud en regiones desiguales24, tema que presentaremos en detalle en el capítulo 10. En el otro extremo, hay observaciones elocuentes como que los ganadores del premio Nobel viven en promedio un año y medio más que los nominados no ganadores.
Descartadas las diversas explicaciones materiales de la caída en la salud con la desigualdad, especialmente porque una vez aislados los factores materiales de riesgo, influye más la percepción del propio estatus que el estatus en sí en nuestra salud, podríamos inferir que la ansiedad y la depresión influyen en el perjuicio integral de la salud asociado a la falta de estatus relativo. Un factor que podría inferir en este efecto nocivo es el impedimento que la ansiedad impone sobre el sueño, como lo habíamos mencionado más arriba. El sueño mejora la consolidación de memorias y aprendizajes, así como la capacidad de resolver problemas, mejora el sistema inmune, la regulación metabólica y la reparación de tejidos. De hecho, los problemas de salud más asociados a la desigualdad relativa son los asociados al estrés fisiológico y el entorpecimiento del sueño, como los problemas cardiovasculares o gastrointestinales25.
Por esto, la depresión y la ansiedad son problemas que radican en nuestras redes y exceden a cómo nos sentimos: impactan directamente en nuestra salud física.
Desigualdad del reconocimiento
En el siglo XX, no ser rico no era suficiente para inducir la depresión o la ansiedad, porque cuando la comunidad cercana pertenecía a la misma clase social la “neblina de Dunbar” nos protegía de sentir que estábamos abajo. Entonces, hacía falta tener vecinos más exitosos y adinerados para que nuestro social nos hiciera sentir mal, lo cual sucedía especialmente en las regiones más desiguales, pero no todo el tiempo ni en todos lados: hacía falta la cercanía física.
En aquella época, algunos medios masivos podían distorsionar nuestra percepción de la comunidad cercana, pero no tanto. Podíamos ver famosos en la televisión o admirar artistas influyentes, lo cual nos habría frustrado. Eventualmente podíamos ponernos ansiosos si éramos los únicos de nuestros amigos que no conseguíamos las zapatillas de moda. Sin embargo, aunque algún famoso entrara a nuestro rango vincular a través de la televisión, la mayoría de las personas que veíamos eran los que se encontraban físicamente a nuestro alrededor. Salvo que estuviéramos todo el tiempo mirando el televisor y soñando con una vida distinta y mejor, la mayoría de las personas que estuvieran en nuestro rango vincular eran las personas que teníamos físicamente cerca, lo cual limitaba el alcance de la ansiedad y la depresión para la mayoría de las personas.
Internet cambió radicalmente la manera en que somos vistos y reconocidos por otros. Este cambio ocurrió en dos fases distintas, con efectos casi opuestos sobre nuestra salud mental.
En la primera fase, Internet actuó como un liberador. Si eras el único en tu escuela apasionado por la programación, o si tu talento para escribir poesía no encontraba audiencia en tu pueblo, Internet te permitía encontrar una comunidad de personas que compartían tus intereses y valores. Si la dinámica de reconocimiento a tu alrededor no te favorecía, siempre podías encontrar espacios más afines. De repente, ya no estabas limitado a compararte con tus compañeros de clase o tus vecinos - podías encontrar “tu gente” en cualquier parte del mundo.
Esta fue la época dorada de los foros especializados y las comunidades temáticas. Un adolescente que se sentía rechazado en su escuela por ser “diferente” podía encontrar un hogar digital entre otros que compartían su pasión por la astronomía amateur. Una artista incomprendida en su familia podía encontrar reconocimiento genuino en comunidades de arte digital. La “neblina de Dunbar” - ese límite natural en el número de relaciones que podemos mantener - se volvió más selectiva: podíamos elegir con quién compararnos y de quién buscar reconocimiento.
Pero luego vino la segunda fase, y con ella una distorsión problemática. Las plataformas sociales comenzaron a consolidarse y centralizarse por una razón simple: el valor de una red social aumenta con cada persona adicional que la usa. Naturalmente eliges la plataforma donde ya está la mayoría, porque maximiza tus chances de encontrarte con más más gente. Si tus amigos están repartidos entre diez plataformas diferentes, necesitas dedicar tiempo y energía a cada una para mantenerte conectado. Pero si todos usan la misma, la vida social se vuelve más cómoda. Así, una por una, las comunidades especializadas fueron absorbidas por las grandes plataformas. No porque estas fueran mejores, sino porque los usuarios tienden naturalmente a concentrarse.
La convergencia de las comunidades digitales tuvo un efecto perverso. Como lo habíamos mencionado en el capítulo 3, los humanos tendemos a admirar y seguir a quienes demuestran mayor talento, carisma o éxito en los campos que nuestra comunidad valora. En las pequeñas comunidades digitales, esta tendencia estaba contenida por los límites naturales del grupo26. Pero cuando las plataformas masivas eliminaron estas barreras, nuestra inclinación natural a gravitar hacia “los más exitosos” se manifestó a escala global. Eventualmente, los algoritmos de recomendación de contenidos digitales se apoyaron en nuestra psicología para catalizar la concentración de nuestra atención en pocos influencers exitosos.
Si antes eras un músico de jazz que encontraba satisfacción compartiendo con otros 200 entusiastas del género, ahora tu cerebro inevitablemente te empuja a compararte con los músicos más exitosos del mundo. Si eras un programador que disfrutaba compartiendo código con su comunidad, ahora te encuentras naturalmente siguiendo y admirando a los “rockstars” del desarrollo que acumulan decenas de miles de stars en GitHub.
El resultado es una distorsión masiva del reconocimiento. En las comunidades digitales originales, el reconocimiento era más horizontal y distribuido - casi todos podían encontrar su nicho y sentir que sus contribuciones eran valoradas. En las plataformas consolidadas actuales, el reconocimiento se concentra brutalmente en la cima de cada pirámide de atención. Es como si hubiéramos pasado de tener muchos grupos pequeños donde todos se conocían entre sí, a estar todos en un estadio gigante mirando hacia el escenario.
Esta dinámica genera una paradoja cruel: estamos más conectados que nunca, pero para la mayoría de las personas es más difícil que nunca sentirse verdaderamente vistos y reconocidos. Puedes tener cientos de “amigos” en redes sociales y aun así sentir que nadie realmente nota tu presencia o valora tus contribuciones. El feed constantemente nos muestra a “los mejores” en cada ámbito, haciendo que incluso logros significativos se sientan insignificantes en comparación. Nuestro cerebro evolucionó esperando reconocimiento en grupos pequeños y cohesivos. Cuando nuestro “grupo de referencia” se enfoca en los más exitosos del mundo en cada campo, es casi inevitable sentirse inadecuado. Como era de esperarse, en la actualidad la incidencia de la ansiedad y la depresión es mayor en los usuarios regulares de redes sociales27.
Este proceso de centralización digital tuvo un efecto devastador en los espacios tradicionales de encuentro. Es como una reacción en cadena: cuando más personas empiezan a coordinar sus vidas sociales a través de las redes, los lugares físicos de encuentro comienzan a vaciarse. El bar del barrio, que antes era el punto natural de reunión después del trabajo, ahora compite con las conversaciones por Instagram o WhatsApp. El club de ajedrez local, que antes era el único lugar donde encontrar otros jugadores, ahora compite con plataformas online donde siempre hay alguien disponible para jugar.
La pandemia de COVID-19 aceleró esta transformación: de repente, la socialización digital no era una opción, sino la única opción. Muchos espacios tradicionales de encuentro no sobrevivieron a este período, y los que lo hicieron emergieron más débiles.
El resultado es un círculo vicioso: cuanto más se centraliza nuestra vida social en las plataformas digitales, más difícil se vuelve mantener vivos los espacios tradicionales de encuentro. Y cuanto más se debilitan estos espacios, más dependemos de las redes digitales para mantenernos conectados. Una vez que las redes centralizaron la atención en pocos gigantes digitales, la vuelta a los espacios tradicionales parece imposible. El resultado de la transición a la digitalidad en dos fases explica la forma de “U” que mencionamos al comienzo del capítulo, y el disparo de la depresión a partir de la pandemia de Covid-1928.
Es preciso notar que el impacto de la depresión va más allá de simplemente “pasar más tiempo online”, porque los primeros foros de internet nos causaban más felicidad y sentido de comunidad que depresión. El problema crucial es la distorsión de nuestras redes.
Distorsión de la ansiedad
Las plataformas sociales no solo centralizaron dónde nos conectamos - también homogeneizaron a quiénes admiramos. Esto sucede por una dinámica sutil pero poderosa: tendemos a admirar a quienes nuestros pares admiran. Es como una bola de nieve que se amplifica: cuando alguien comienza a ganar seguidores, es más probable que otros también lo sigan.
Al igual que la disputa de redes en las jerarquías económicas, esta dinámica genera una competencia despiadada por la atención. Las figuras públicas quedan atrapadas en un juego donde el ganador se lleva todo: o crecer constantemente y permanecer relevante, o desvanecerse en la oscuridad digital. No hay término medio. En el extremo, es como si toda la atención del mundo fuera un reflector gigante que solo puede iluminar a unos pocos a la vez.
La consecuencia es una inestabilidad constante de los rankings de reconocimiento, en una dinámica que opera a escala global. Ya no importa si eres el mejor jugador de ajedrez de tu ciudad o el mejor fotógrafo de tu barrio. En el mundo digital, todos competimos en la misma liga global, donde solo un puñado de personas puede ocupar los espacios más visibles, en una batalla que se profundiza diariamente y nadie puede dormirse en los laureles. La inestabilidad constante que percibimos en el ranking global profundiza nuestra sensación de ansiedad asociada a las redes sociales.
La centralización del reconocimiento no solo afecta cómo nos sentimos - modifica fundamentalmente cómo actuamos. En el capítulo 9, al analizar las distorsiones de la motivación, veremos cómo esta centralización tiende a desmotivar a la mayoría y empuja a las figuras públicas que pelean por la cima a una escalada armamentística de actividades cada vez más llamativas, incluso riesgosas o nocivas, para preservar su lugar en un escenario cada vez más pequeño.
Reconectar
Si la epidemia actual de depresión y ansiedad es principalmente una enfermedad de nuestras redes más que de los individuos, la solución debe buscarse en la reconexión más que en la medicación. Esto no significa que los antidepresivos y ansiolíticos no tengan un papel importante como paliativos de emergencia - claramente lo tienen. Pero cuando tratamos un problema de redes exclusivamente con medicación, corremos el riesgo de romper nuestros homeostatos naturales y generar dependencia, sin abordar las causas subyacentes.
En general, volver a conectarnos con otras personas en comunidades más horizontales es una exitosa cura contra la depresión. Un caso revelador, citado en Lost Connections, ocurrió en Berlín, donde la participación en protestas sociales tuvo un efecto terapéutico inesperado en residentes que sufrían de depresión. La razón es simple: estas protestas crearon un sentido de comunidad y propósito compartido, rompiendo el aislamiento y la sensación de insignificancia que alimenta la depresión moderna.
Hacia el final de este libro, exploraremos estrategias concretas para reducir la homogeneización y concentración de la atención en nuestras redes sociales. La clave está en reconstruir espacios digitales que reflejen mejor la escala humana natural - comunidades diversas donde el reconocimiento pueda distribuirse de manera más equitativa. No se trata de abandonar la tecnología, sino de rediseñarla para que fortalezca, en lugar de debilitar, nuestras conexiones más fundamentales29.
La solución a la epidemia de depresión y ansiedad no vendrá de una píldora mágica. Vendrá de reconectar con formas de interacción social que respeten nuestros límites evolutivos. Es un desafío enorme, pero también una oportunidad para repensar fundamentalmente cómo estructuramos nuestras redes sociales, tanto digitales como físicas.
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Esto es, el porcentaje de personas de entre 18 y 29 años de edad que fue diagnosticada con depresión en algún momento de su vida. https://news.gallup.com/poll/505745/depression-rates-reach-new-highs.aspx ↩
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Ibidem ↩
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Sapolsky, Primate’s Memoir, p. 97; Sapolsky, Why Zebras Don’t, pp. 300- 304, 355-359, citado por Lost Connections. ↩
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Lost Connections, capítulo 10, traducido por el autor. ↩
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Lost connections: “Unos años después de los estudios con los que Robert abrió camino, se descubrió que en los humanos con depresión abunda la misma hormona del estrés presente en los babuinos macho con un estatus bajo. Proseguir con sus investigaciones permitió a Robert ir más allá: también descubrió, explica, que «los humanos con depresión muestran idéntica constelación de cambios en el cerebro y en las glándulas pituitaria y adrenal»” ↩
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In a pair of unintentional studies of captive monkeys in which subordinate individuals were basically subordinated to death, such animals had extensive damage to the hippocampus, a brain region very sensitive to the damaging effects of glucocorticoid excess. 18 My own work with baboons in Africa showed the same (being the first such studies of wild primates). In general, low-ranking male baboons had elevated basal glucocorticoid levels. When something stressful did occur, their glucocorticoid stress response was relatively sluggish. When the stressor was over, their levels returned to that elevated baseline more slowly. In other words, too much of the stuff in the bloodstream when you don’t need it, and too little when you do. Remarkably, at the nuts-and-bolts level of brain, pituitary, and adrenals, the elevated basal glucocorticoid levels of a subordinate occurred for the same reasons as the elevated levels in humans with major depression. For a baboon, social subordination resembles the learned helplessness of depression ↩
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“ LC En el Congo, Isabel descubrió que muchas de las cosas que había observado hacer a los bonobos fuera de su hábitat natural, en el zoo, y que había tomado por normales, en realidad eran muy inusuales. Página 113 En la selva —el paraje en el que su vida había evolucionado—, los bonobos a veces son objeto de acoso por parte de su grupo social, y cuando esto sucede, su comportamiento cambia. Es probable que empiecen a rascarse mucho y de un modo compulsivo. Puede que se aparten del grupo y se queden mirando fijamente al horizonte. Puede que se laman mucho menos y que no permitan que el resto los lama. Isabel reconoció este comportamiento a primer golpe de vista. Pensó que era claramente el equivalente de la depresión entre los bonobos —por los mismos motivos que describí en el capítulo anterior—. Los estaban tratando mal y ellos reaccionaban con tristeza y desesperanza. Pero he aquí lo más extraño. La depresión que padecen los bonobos en libertad tiene un límite. La depresión es una realidad —sobre todo entre los que poseen un estatus bajo—, pero hay un umbral por debajo del cual no se hundirán. En el zoo, por el contrario, el bonobo puede caer y caer de un modo que no se produce en la selva. Se rascan hasta sangrar. Aúllan. Desarrollan tics o se balancean de forma obsesiva. En su hábitat natural, Isabel nunca asistió a este tipo de depresión «crónica y tan avanzada», mientras que en los zoos es bastante común.” -> Isabel Bencke ↩
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Winning a lottery and winning a bid both activated dopaminergic signaling in subjects; losing a lottery had no effect, while losing a bidding war inhibited dopamine release. Not winning the lottery is bad luck; not winning an auction is social subordination.→ M. Delgado et al., “Understanding Overbidding: Using the Neural Circuitry of Reward to Design Economic Auctions,” Sci 321 (2008): 1849; E. Maskin, “Can Neural Data Improve Economics?” Sci 321 (2008): 1788. -> Citado por Robert Sapolsky, A Primate’s Memoir, Londres: Vintage, 2002, p. 13 [trad. cast.: Memorias de un primate, Madrid: Capitán Swing, 2015] ↩
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Los estudios mencionados a continuación fueron tomados del libro Lost Connections, y recomiendo mucho leerlo porque está bárbaro. ↩
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You have to shut yourself down inside yourself to get through this—and Michael uncovered evidence that this affected your whole life. The higher up you went in the civil service, he found, the more friends and social activity you had after work. The lower you went, the more that tapered off —the people with boring, low-status jobs just wanted to collapse in front of the television when they got home. Why would that be? “When work is ↩
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It turned out that—for the initial five years of data that have been studied so far—in most cases, loneliness preceded depressive symptoms.8 ↩
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En el libro Matrix: filosofía para redes, de esta misma colección, estudiamos el problema de la alienación en la historia de la filosofía desde el paradigma de la red. Históricamente, se asoció a dos cosas: trabajo monótono, o lejano al resultado del trabajo (en el marxismo) y al desamparo de la muerte de dios (en el nihilismo o el existencialismo). Uno de ellos es materialista, el otro es discursivista. En realidad, está asociado a esto mismo que estamo scontando. ↩
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My own work with baboons in Africa showed the same (being the first such studies of wild primates). In general, low-ranking male baboons had elevated basal glucocorticoid levels. ↩
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“Tras analizar las muestras de sangre descubrió que cuando tiene lugar una guerra por dirimir quién ocupa el trono del macho alfa, los babuinos más estresados son los que se hallan en los puestos más elevados [163] . Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo, cuanto más baja es tu posición en la jerarquía, más estrés padeces; y los babuinos en la base del montón, como Job, sufren de un estrés continuo.”) ↩
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“Although depression in human beings is sometimes interpreted as social withdrawal, depressed monkeys actually spent twice as much time as their nondepressed counterparts sitting in physical contact with conspecifics. In fact, much of their behavioral depression (slumped body posture unresponsive to environmental events) occurs while in body contact.” https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4031682/ ↩
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La soledad, que puede surgir de ser ignorado o sentirse desconectado, es un factor de estrés significativo. Un estudio encontró que la soledad aguda causa tanto estrés como ser golpeado por un extraño. Este estrés, a su vez, puede contribuir al desarrollo de la depresión. ↩
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LC -> En cualquier lugar del mundo donde la gente afirme sentirse sola experimentará también, durante las horas del sueño, un grado mayor de algo llamado «microdespertares». Estos son momentos cortos que uno no recuerda al despertar, pero en los que sale ligeramente de su duermevela. La teoría más fiable es que si uno está solo, no se siente seguro al irse a dormir, porque los primeros humanos tampoco lo estaban cuando se acostaban lejos de la tribu. Al ser consciente de que nadie vela por ti, tu cerebro no te permite caer en un sueño profundo. Medir estos «microdespertares» supone un buen método de medir la soledad. De modo que el equipo de John colocó cables en los huteritas para observar cuántos «microdespertares» experimentaban cada noche. Resultó que apenas ninguno [102] . «Lo que descubrimos es que la comunidad mostraba los niveles más bajos de soledad que yo haya podido observar en cualquier parte del mundo —me explicó John—. Me dejó perplejo». Página 73 Esto demostró que la soledad va más allá de ser una tristeza humana de carácter inevitable. Es producto de nuestro modo de vida actual (Cacioppo et al., «Loneliness Is Associated with Sleep Fragmentation in a Communal Society», Sleep 34, n.º 11 (noviembre de 2011), pp. 1519-1526. Ver también Junger, Tribe, p. 19.) -> los huteritas no sienten soledad (son tipo amish) ↩
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Cita de Sapolsky? Lost Connections? It is a well-established fact that the poorer you are, the more likely you are to become depressed or anxious—and the more likely you are to become sick in almost every way. In the United States, if you have an income below $20,000,2 you are more than twice as likely to become depressed as somebody who makes $70,000 or more. And if you receive a regular income from property you own, you are ten times less likely to develop an anxiety disorder than if you don’t get any income from property. “One of the things I find just astonishing,” she told me, “is the direct relationship between poverty and the number of mood-altering drugs that people take—the antidepressants they take just to get through the day.” If you want to really treat these problems, Evelyn believed, you need to deal with these questions. ↩
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Cita de Sapolsky? O qué libro? The more unequal your society, the more prevalent all forms of mental illness are. Other social scientists then broke this down to look at depression specifically16—and found the higher the inequality, the higher the depression. This is true if you compare different countries,17 and if you compare different states within the United States. It strongly suggested that something about inequality seems to be driving up depression and anxiety. ↩
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->LC Richard y Kate sabían que en las sociedades con mucha desigualdad, caso de Estados Unidos, encontrarían niveles más altos de aflicción mental, mientras que en sociedades más igualitarias, encontrarían niveles más bajos. De modo que se embarcaron en una investigación a gran escala para averiguarlo, que implicó recopilar un volumen inmenso de datos. Cuando al fin pudieron volcar los datos en gráficas, se quedaron anonadados al comprobar lo cercana que era la relación. Cuanta más desigualdad hay en una sociedad, más extendida está toda suerte de enfermedades mentales. Otros científicos espigaron estos datos para fijarse en el caso específico de la depresión, hallando que a más desigualdad, más presente está la depresión ( Erick Messias et al., «Economic grand rounds: Income inequality and depression across the United States: an ecological study», Psychiatric Services 62, n.º 7, 2011, pp. 710-712. Ver también http://csi.nuff.ox.ac.uk/?p=642, consultado el 10 de diciembre de 2016.) ↩
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En una imagen de época, la juventud perteneciente a la gran burguesía que a su alrededor tenía a los nobles y burgueses exitosos se sentía el último orejón del tarro, y rumiaba sus lamentos hasta fundar el romanticismo. Otro efecto del mismo fue la construcción de una comunidad alternativa y de mayor paridad, un nuevo tipo de jerarquía, una histórica respuesta a la distorsión de nuestras redes que analizaremos en mayor detalle en el capítulo 10. ↩
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Tratamos este fenómeno en la sección sobre economía de plataformas del libro Patrones: economía para redes bajo el nombre de “redes alternativas”, y en el ensayo “La reforestación social” al hablar del desgarro social. Volveremos a tratarlo en el capítulo 10 del presente libro. ↩
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Extensive research has examined the SES/health gradient. Four quick rule-outs: (a) The gradient isn’t due to poor health driving down people’s SES. Instead low SES, beginning in childhood, predicts subsequent poor health in adulthood. (b) It’s not that the poor have lousy health and everyone else is equally healthy. Instead, for every step down the SES ladder, starting from the top, average health worsens. (c) The gradient isn’t due to less health-care access for the poor; it occurs in countries with universal health care, is unrelated to utilization of health-care systems, and occurs for diseases unrelated to health-care access (e.g., juvenile diabetes, where having five checkups a day wouldn’t change its incidence). (d) Only about a third of the gradient is explained by lower SES equaling more health risk factors (e.g., lead in your water, nearby toxic waste dump, more smoking and drinking) and fewer protective factors (e.g., everything from better mattresses for overworked backs to health club memberships) ↩
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(c) Lots of inequality in a community makes for low social capital (trust and a sense of efficacy), and that’s the most direct cause of the poor health. ↩
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Collectively these studies show that the psychological stress of low SES is what decreases health. Consistent with that, it is diseases that are most sensitive to stress (cardiovascular, gastrointestinal, and psychiatric disorders) that show the steepest SES/health gradients. ↩
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Además, dinámicas de reconocimiento como la envidia impedían la concentración absoluta de la atención. Ya vimos cómo la hiperconectividad limita el poder de la envidia, pero entraremos en mayor detalle sobre este punto al considerar el colapso social. ↩
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Braghieri & Levy, 2022. ↩
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Zohuri, Macdaniel? -> imagen de los suicidios. ↩
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En el apéndice, cuestionaremos una idea común pero engañosa: que la adicción a las redes sociales es principalmente un fenómeno neurológico similar a la adicción a las drogas. Esta comparación, aunque atractiva, nos distrae del verdadero mecanismo en juego. Las redes sociales no son adictivas porque “hackean” nuestro cerebro, sino porque distorsionan nuestras conexiones sociales naturales. Entender esta distinción es crucial: nos permite alejarnos de soluciones centradas exclusivamente en el cerebro individual y enfocarnos en reconstruir redes sociales más saludables. ↩