1 - Un reduccionismo necesario

Es posible que este libro esté editado en EPUB y PDF. En ese caso, estaría acá.
Cómo entender las emociones desde el paradigma de la red.

Te despertaste siendo psiquiatra en un mundo distinto. En este mundo paralelo, ver azul es doloroso.

Llega un paciente a tu consultorio y te cuenta que ve azul todos los días. Vos lo anotás en tu libreta y él, desesperado, te pide un diagnóstico. ¿Qué hacés?

Quizás su cerebro funciona mal, pero yo empezaría por averiguar de qué color son las paredes de su cuarto.

Traducir esta idea a cómo funcionamos las personas reales es cambiar de paradigma, y de eso se trata este libro.

Psiquiatras de un mundo nuevo

Tu paciente ve azul. Como psiquiatra responsable, no querés ser reduccionista, y asumir que alguien ve azul porque tiene algo azul enfrente podría resultar reduccionista.

Por ejemplo, hay personas con ceguera, daltonismo o acromatopsia que no ven azul aunque estén frente a algo azul, y alucinaciones que muestran cosas azules que no están en realidad. Siendo estrictos, determinar cuándo alguien siente el color azul requiere analizar su cerebro.

Sin embargo, responder mirando el cerebro es impráctico. Para rastrear cuándo y por qué un cerebro siente el azul habría que considerar relaciones inabarcables e intrincadas entre los nervios ópticos, la corteza visual, neurotransmisores, receptores y otros circuitos o sistemas.

Aunque la maraña cerebral es inabarcable, vos sabés que se calibró durante millones de años para que percibamos azul cuando tenemos algo azul enfrente. La evolución afinó el sistema para implementar una relación confiable y lineal: es esperable ver azul frente a algo azul.

Si fuéramos intransigentes, podríamos decir que la relación lineal es incorrecta porque no siempre se cumple, pero descartarla sería un error. A fin de cuentas, vale en la enorme mayoría de los casos y es mucho más fácil de entender y seguir que cualquier análisis centrado en el cerebro.

El paciente dijo que ve azul todos los días. Podemos averiguar de qué color son las paredes de su cuarto, o saltear esa pregunta e ir directo a su cerebro.

Como la mayoría de las personas ven azul cuando reciben luz azul, empezar por el cerebro será contraproducente para la mayoría. En el mejor de los casos, retrasará la solución fácil de repintar las paredes. En el peor, será dañino, porque “arreglar su cerebro” implicaría alterar su percepción normal de los colores, a fuerza de pastillas o electrocuciones. Ir contra millones de años de cableado evolutivo trae al menos dos problemas.

El primero es que los sistemas vivos son homeostáticos. Esto significa que buscan recuperar sus equilibrios naturalmente. Por ejemplo, el cerebro genera tolerancia a drogas que alteran su funcionamiento, y puede restaurar sus funciones tras sufrir daños regenerando circuitos. Alterar la percepción de los colores requiere enfrentar la resiliencia del cerebro aumentando las dosis de drogas o bloqueando los mecanismos de resiliencia.

El segundo problema es que el cerebro es un sistema muy acoplado, lo que lo vuelve frágil. Como es una red plagada de interdependencias, cambiar una parte altera otros procesos y funciones en forma inesperada. Al diseñar máquinas o sistemas informáticos, reducimos las interdependencias para que una modificación no rompa otras cosas, pero la evolución no sigue pautas modernas de diseño. Lograr que alguien pase a ver roja una pared azul es como cortar una cabeza de la Hidra: crecerán dos más en su lugar.

Para la minoría de los casos que no veían azul por recibir luz azul sino porque su cerebro presentaba anomalías, repintar las paredes del cuarto no generará daños ni consumirá mucho tiempo. Simplemente no funcionará y procederemos a estudiar la anomalía.

Vista así, parece trivial empezar por las paredes, pero cuando ver azul es doloroso, nadie quiere ver azul, ni que sus amigos vean azul, ni que sus colegas y conciudadanos vean azul. Concuerdan que cuando un cerebro ve azul está haciendo algo “malo”, porque duele e inhabilita. Eso se confunde fácilmente con que está haciendo algo “mal”, es decir, que funciona mal y hay que arreglarlo.

Nosotros sabemos que no es así porque es esperable ver azul frente a algo azul. Podríamos haber descartado ese patrón lineal por reduccionista, pero fue importante tenerlo en cuenta. Afortunadamente no lo descartamos, porque será la clave para enfrentar una epidemia.

Resulta que un día los pacientes que sienten azul sin tener nada azul enfrente son demasiados. La anomalía dejó de ser excepcional. En estos casos, habrías analizado sus cerebros, pero es estadísticamente imposible que tantos cerebros hayan mutado al mismo tiempo. Es más probable que haya cambiado el entorno.

Sucede que la evolución adaptó a nuestro cuerpo para percibir colores fuera del agua y sin neblina, pero bajo el agua, o con neblina, las paredes blancas se ven azules.

Los cerebros sumergidos funcionan normalmente, pero en un entorno para el que no están adaptados. “Arreglarlos” para que vuelvan a ver blancas a las paredes alteraría su percepción normal de los colores, que no cambió a nivel cerebral. Sería la misma intervención infructuosa y dañina que habíamos descartado antes.

Análogamente, si de pronto los automóviles dejan de doblar bien, es improbable que se hayan roto todos al mismo tiempo. Es más probable que las carreteras se hayan congelado. Rediseñar tantos coches cuesta más que descongelar las carreteras. Rediseñar tantos cerebros es imposible.

Lo interesante del patrón lineal es que aunque ignora las anomalías, describe la tendencia general. Como la epidemia es una tendencia general, el patrón nos da la pista de que algo está sucediendo con la luz azul. Ahora sabemos que resolver el problema requiere entender la distorsión del entorno, o bien para sacar la persona del agua o la neblina, o bien para diseñar lentes que curen el malestar sin freir cerebros en el proceso.

Ver azul no es doloroso para las personas reales, pero la metáfora es útil para entender la realidad. En la actualidad, vivimos una crisis de ansiedad y depresión sin precedentes. Además, aumentan la violencia social y la xenofobia, crecen la ludopatía y los trastornos alimenticios, y brotan los fanatismos religiosos y el estrés laboral.

Para entender las epidemias, analizaremos las regularidades que rigen cuándo percibimos cada emoción, que no dependen de la frecuencia de luz en nuestros ojos sino de lo que sucede en nuestro entorno comunitario.

Estas regularidades tienen más anomalías que nuestra percepción de los colores. Por ejemplo, hay personas psicópatas que no sienten culpa ni vergüenza en situaciones esperables, personas esquizofrénicas que sienten euforia en circunstancias que no suelen causarla y personas con depresión crónica que no reaccionan a contextos que suelen generar bienestar. Es más, las emociones varían según nuestra personalidad, y existen ejercicios de gestión emocional que a veces logran alejarnos del patrón general.

Sin embargo, los patrones que analizaremos son tan generales que los compartimos con otros primates. Además, así como evolucionamos para sentir azul al recibir luz azul, veremos que nuestras emociones evolucionaron un sistema bien calibrado para tejer redes resilientes de colaboración.

Estos patrones serán la pista para comprender la epidemia de malestar emocional que azota a la red humana. Veremos que nuestras emociones se adaptaron a comunidades específicas, pero el tejido social está cambiando desde hace 40 mil años. La distorsión del tejido social se aceleró en las últimas décadas por causa de las tecnologías digitales. En lugar de centrarnos en las anomalías, veremos que las epidemias de malestar emocional son un resultado esperable de la interacción entre el funcionamiento normal de nuestras emociones y el entorno distorsionado.

Para ello, haremos generalizaciones útiles para entender un problema general. Desde este marco, estudiaremos las emociones en el nivel de la red humana, y adoptaremos un enfoque psicológico desde el paradigma de la red.

El paradigma de la red

La humanidad es una red viva, y entender redes vivas requiere simplificar la comprensión de sus partes.

Por ejemplo, las neuronas reales son intrincadas, pero es imposible tener en cuenta el ciclo de Krebs, el metabolismo celular, la morfogénesis neuronal y la expresión génica de cada neurona cuando estudiamos redes neuronales. Sin embargo, hay un patrón lineal que determina cuándo una neurona se dispara según la carga que recibe.

Recibe Emite
> -55 mv Dispara (+) o (-)
< -55 mv No dispara

Paradójicamente, la simplificación ayuda a entender mejor las neuronas individuales, porque permite seguir las señales a través de la red, y las señales determinan cuándo se disparan las neuronas. Asimismo, tratar una red viva ayuda a tratar a sus partes. Por ejemplo, tratar un virus célula por célula sería inútil, porque volvería desde otras células del cuerpo. Tratar individualmente los problemas de una red puede ser inconducente.

Salvando algunas distancias, llamaremos “perceptrón” al modelo sencillo de la neurona. Entender la red neuronal requiere usar el perceptrón para que el árbol no oculte el bosque. Está bien que ignore detalles. Sin embargo, eventualmente podremos identificar detalles que el perceptrón no considera y son lo suficientemente sencillos como para enriquecer el enfoque de la red.

Haremos lo mismo para entender la red humana. En lugar de hablar del “perceptrón”, que simplifica la neurona, nuestro modelo simplificado de la persona será el “etostato”. La palabra viene del término griego “ethos”, que significa “costumbre” o “conducta”, y la terminación “-stato”, que significa “equilibrio”, y se usa en palabras como “termostato” u “homeostato”. El etostato es el sistema que regula nuestra conducta para promover la colaboración.

Las personas, al igual que las neuronas, regulamos gran parte de nuestra conducta mediante señales de promoción e inhibición. Estas señales tienen la forma de castigos y recompensas, penalizaciones y premios, represalias y agradecimientos, etc. En los próximos capítulos, mostraremos que el etostato regula la transmisión de estas señales para promover la cooperación humana de manera resiliente y eficaz en nuestras comunidades.

Un detalle técnico es que los patrones sencillos que mencionamos son productos de la evolución, y por eso son tan generales y resilientes. Por otra parte, para que las cosas que viven “en red” puedan comunicarse mediante señales, deben poder “entenderse”. Para ello, deben comunicarse de manera sencilla y confiable, siguiendo reglas sencillas y confiables. Como el perceptrón y el etostato describen procesamientos de señales, podemos ser “reduccionistas” sin temor a desviarnos demasiado de la realidad1.

Para entender la red humana, representaremos al etostato como una tabla, en la que cada fila representará una emoción. En la tabla siguiente vemos un ejemplo en que cada emoción percibe señales de cooperación e induce emitir las señales de cooperación pertinentes. Analizaremos cómo funciona el sistema más adelante.

Desde el enfoque de la red, vamos a tener en cuenta tres características de las emociones que estudiaremos:

  1. Perciben nuestra posición respecto de la cooperación comunitaria.
  2. Generan una sensación placentera o dolorosa según si la posición es buena o mala para nosotros.
  3. Promueven una conducta que mejora o preserva nuestra posición según sea preciso.

Al igual que el patrón lineal que habíamos identificado como psiquiatras del mundo paralelo, el etostato es una generalización. Al mismo tiempo, es un mejor primer acercamiento para tratar nuestras crisis emocionales que centrarse en el cerebro o en el árbol genealógico. Por sobre todo, es la clave para comprender las epidemias de malestar que nos apremian.

A medida que presentemos las emociones, estudiaremos cómo las distorsiones de la red humana inducen las epidemias de malestar por alterar las dinámicas y estructuras de cooperación (o la información que nos llega de las mismas).

Al final del libro, mostraremos cómo tratar las distorsiones de la red humana para mitigar nuestro malestar, y presentaremos algunas estrategias para alcanzar el bienestar mientras la red no cambie.

  1. Volveremos sobre este punto en el capítulo 2, pero trataremos la emergencia de patrones e interfaces sencillas en las redes vivas con mayor detalle en el libro Sightware: epistemología para redes, de esta misma colección, “Cuadernos networkistas”. 


Comentarios

Te invitamos a comentar y debatir de manera respetuosa. Por favor, mantén un tono civilizado y enfocado en los puntos del texto. Los comentarios ofensivos, insultos o descalificaciones no serán tolerados. Nuestro objetivo es fomentar una discusión constructiva que enriquezca la comprensión del contenido. Gracias por tu participación.